Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

Como señalé algunas semanas atrás, durante los próximos dos meses le cederé mi espacio de la columna (ocasionalmente) a los jóvenes y a otros experimentados en juventud y ministerio de adultos jóvenes. Con un sínodo mundial de obispos centrándose en los jóvenes, programado en Roma para este mes de octubre, escuchar directamente a los jóvenes y quienes se dedican a guiarlos puede ser un gran recurso.

Stefan Johnson, de 26 años de edad, nacido y criado Filadelfia, acaba de regresar de sus estudios en Europa. Me complace ofrecer sus reflexiones a continuación:

Hice mis estudios de posgrado en Oxford, Inglaterra, terminándolos a principios de este año. Durante el viaje, conocí católicos de muchas nacionalidades y grupos étnicos de todo el mundo; sin embargo, la única cosa que todos compartimos era una fiel base de creencia católica. Asistí a misa con nuevos amigos de Nigeria, Filipina, Polonia, Irlanda, Italia y otros lugares. A pesar de las peculiaridades de nuestras crianzas y los matices culturales de nuestras parroquias en nuestros países, compartimos un amor común por la misa y una confianza común en que las enseñanzas de la Iglesia en todas partes eran las mismas.

La universalidad de la Iglesia católica («católico» significa universal) es un hecho hermoso de la fe que asegura consistencia y claridad a través de diversos contextos sociales, políticos y culturales. Gracias a la tecnología, los jóvenes del siglo XXI están más estrechamente vinculados a las personas en todo el mundo que cualquier otra generación en la historia; dada esta creciente conectividad, creo que el Sínodo del 2018 debería centrarse por lo menos en las dos siguientes áreas: (1) una afirmación clara de las enseñanzas de la Iglesia; y (2) una fuerte proclamación del papel único que Jesucristo tiene para cada uno de nosotros en nuestras vidas.  

¿Por qué son importantes estas cosas? Lo son porque un triste efecto secundario de la cultura de los medios de comunicación de hoy es un malentendido generalizado de la creencia y de la práctica católica. Por ejemplo, los sacerdotes rutinariamente orientan a sus feligreses de manera pastoral siendo sensibles a los detalles que les rodean. Pero la sensibilidad pastoral puede fácilmente –y a veces deliberadamente– ser erróneamente interpretada como una divergencia de la doctrina de la Iglesia. Los titulares urgentes, la presión de los plazos y las redes sociales que prosperan en la brevedad, raramente capturan la relación matizada entre principio y acción en la vida cristiana cotidiana; el resultado es confusión y ambigüedad

Muchos católicos que conozco llegaron a la Iglesia precisamente por sus enseñanzas constantes. La fe de la Iglesia, transmitida escrupulosamente por los apóstoles, a menudo a un gran costo, ha atraído a millones de personas durante dos milenios para encontrarse con Jesucristo. Las novedades, las opiniones y las ideas cambian con el tiempo, pero una de las grandes bellezas de la Iglesia es que ella no se mueve al ritmo más reciente de la sociedad. Nuestra fe nos da una visión más profunda; contamos con la verdad y la consistencia de la Palabra de Dios.

La constancia de la enseñanza católica no es rígida ni estéril. La Iglesia tiene un mensaje que habla a cada persona y cada sociedad con la fertilidad de una nueva vida; como una magistral obra de arte, el mensaje inmutable de la Iglesia nos ofrece un nuevo fruto cada vez que recurrimos a él. Como anécdota, mucha de la gente que encontré en las iglesias en el extranjero anhelaba una reafirmación de las auténticas enseñanzas de la Iglesia; encontraron belleza en la fe clara y segura que los llevó a convertirse en católicos. Un rápido crecimiento está teniendo lugar en las Iglesias de África y Asia, y ellas atraen a las personas ofreciéndoles algo más que bienestar material a través de la belleza y la fe de la Iglesia; lección debería ser obvia. El sínodo debe escuchar cuidadosamente las voces de los jóvenes. Pero también debe de apartarse de la ambigüedad, y confiar en el poder liberador, siempre joven de la fe para transformar vidas; una fe transmitidas a nosotros por los apóstoles y confiada a sus sucesores.

Los jóvenes en los grupos de la generación milenaria y Z –en otras palabras, personas de mi edad a menudo luchan hoy con una pérdida de propósito en sus vidas; esto lo confirma el aumento nacional de depresión y suicidios. Imploro a los padres sinodales que hagan hincapié en el mensaje que Dios tiene un plan para todos. Como dice Jesús, él (y sólo él) es el camino, la verdad y la vida.

La cultura secular glorifica a quienes persiguen el interés propio sobre el servicio, la gratificación física sobre la dignidad moral y la «espiritualidad» autodiseñada sobre la oración comunitaria. Fuimos hechos para cosas mejores; y solo Jesucristo puede sanar las cicatrices emocionales y espirituales del corazón humano.