Archbishop Charles J. Chaput

Católico o no, muchos de nosotros recordamos al beato papa Juan XXIII con especial cariño —un hombre que se comprometió a la paz mundial y la justicia internacional. Con su canonización en sólo uno mes, es un buen momento para considerar su legado.

Al hablar de paz, Juan siempre comenzó con los derechos de la persona humana individual y la importancia del bien común. La paz en el mundo comienza en nuestras propias acciones personales y en los foros públicos como el Congreso y las legislaturas estatales. No podemos construir justicia en el extranjero si la ignoramos aquí en casa; y no podemos proteger nuestros propios derechos a menos que defendamos los derechos de los miembros más débiles de nuestra sociedad.

Juan nos recordó que «la única razón por la cual existen las autoridades civiles» es para servir al bien común, con especial preferencia por los pobres. Él nos enseñó que el bien común incluye las necesidades de toda la persona humana, en ambos cuerpo y alma.

El bien común significa el derecho a comida, refugio y servicios sociales vitales, especialmente para los marginados. Significa el derecho a condiciones dignas de trabajo y el derecho a la seguridad económica básica para las viudas, los discapacitados y los ancianos. Significa un apoyo especial para el matrimonio, los niños y la familia.

Y también significa el derecho a la vida del enfermo, el no deseado y el niño por nacer —porque el derecho a la vida es más que un asunto «importante»; es la fundación de todos los otros derechos humanos. Sin él, cualquier otro derecho es una ficción piadosa.

Cuando la Iglesia nos insta a tener una «opción preferencial por los pobres», los católicos necesitan vivirla – y buscamos vivirla a través de nuestras escuelas del centro de la ciudad, nuestros trabajos con las personas sin hogar y los inmigrantes y nuestros servicios para los pobres. Nadie, en ninguna parte, en cualquier momento, está más comprometido con el bien común que las personas que creen sinceramente en el Evangelio y dejan que su fe personal guíe sus acciones públicas. La Iglesia católica en Filadelfia ha hecho –y continúa haciendo– un trabajo asombroso de alcance a las personas en necesidad, y nosotros podemos gracias a Dios por eso.

Pero las Iglesias y las organizaciones de caridad no pueden solas construir una sociedad mejor.  Los estadounidenses tienen un bien merecido recelo de un Gobierno que se impone y una saludable insistencia en limitar su interferencia con sus derechos y creencias. Pero sí necesitamos un gobierno que haga el trabajo que le corresponde; necesitamos un gobierno para servir al bien común con leyes que defienden a los débiles y con el dinero, personal y otros recursos para asegurar una vida de dignidad básica para todo nuestro pueblo.

Cualquiera que conozca la Epístola de Santiago también sabe que la fe sin obras está muerta, y las palabras sin acciones están vacías. Tenemos que demostrar nuestras buenas intenciones por las acciones que tomamos, tanto personalmente como a través de nuestras instituciones públicas.  Eso significa que necesitamos políticas públicas que defienden la dignidad humana desde la concepción, a través de la niñez y edad adulta, hasta la muerte natural.

Este año, 2014, es todavía un año de elecciones. Tenemos que vivir nuestra ciudadanía en serio.  Tenemos que tomar parte activa en la conversación pública acerca de la dirección de nuestro país, porque nuestra fe es un signo de pluralismo real. Nuestra fe sirve al bien común no sólo a través de las escuelas católicas y todos nuestros otros ministerios sociales, sino también en la clase de los funcionarios que elegimos y las exigencias de justicia que ponemos en ellos.

El arzobispo Desmond Tutu de Sudáfrica dijo que, «siempre estoy confundido acerca de qué están leyendo las personas de Biblia cuando dicen que la religión y la política no se mezclan».  Por supuesto que se mezclan, porque ambos se refieren a las luchas sobre la naturaleza del bien y el mal, la justicia y la misericordia. Siempre se han mezclado –y deberían, sobre asuntos de vital interés público. Las personas de fe religiosa necesitan actuar con caridad y prudencia, pero no obstante necesitan exigir a ambos partidos políticos un compromiso real con la dignidad humana, siempre a partir del niño por nacer pero nunca terminando ahí; siempre a partir del niño por nacer, pero siempre abrazando a los pobres, los ancianos, los hambrientos, los desempleados, los inmigrantes y las personas marginadas en cada etapa del desarrollo humano.

Ésa es el tipo de testimonio cristiano que el «Buen Papa Juan» esperaba de todos nosotros. Ése es nuestro servicio católico al bien común. Y cuando nuestras instituciones públicas apoyen esa visión del bien común con el dinero, personal y recursos para hacerla real, entonces es cuando nuestra nación y el mundo comenzarán a encarnar lo que entendió por paz Juan XXIII.