Archbishop Charles J. Chaput

Miércoles de Ceniza, el comienzo de la cuaresma, cae el 5 de marzo este año. Cuando se vive bien, la cuaresma puede convertir el corazón y transformar la vida de una persona; es la razón del tiempo –prepararnos para el milagro de la Pascua. Pero el autoexamen, el arrepentimiento y la reconciliación son raramente indoloras; ellos pueden sonar mucho más fáciles en la teoría de lo que son en la práctica.

Así que al comenzar la jornada de cuaresma de este año, unas simples preguntas y respuestas podrían ayudarnos en nuestro caminar:

La reconciliación suena como una idea genial, pero ¿cómo reconciliarse con alguien que te ha lastimado amargamente y no reconoce que él o ella ha hecho mal? ¿No es el perdón un camino de dos sentidos?

Perdonar a quienes nos hacen daño es algo nuestro. Hacer que nuestro perdón dependa de la admisión de culpa de la otra persona es sólo otra forma de exigir justicia y de insistir en nuestros «derechos». Eso es una forma sutil de orgullo. Jesús perdonó a sus asesinos mientras ellos se burlaban de él en la cruz. Su perdón fue un don gratuito, sin ataduras. No podemos seguirlo si no hacemos lo mismo.

Sin embargo, usted tiene razón en que cuando existe una brecha entre dos personas, no se puede remediar a menos que ambos deseen sinceramente que se remedie. Incluso así, algo o alguien tiene que proporcionar un medio de reconciliarlos. Ese es el papel de Dios. La reconciliación es la obra de Dios; buscar la reconciliación es la nuestra. Debemos hacer todo lo posible para hacer las paces con los demás y luego dejar el resto en las manos de Dios.

Pero si la justicia es una cosa buena, ¿por qué yo simplemente me alejaría de ella cuando se trata de mis propias necesidades?

No debería. Siempre es razonable insistir en ser tratado justa y honestamente, y estamos obligados a tratar a los demás de la misma manera. Desafortunadamente, usted y yo y todos los demás también somos pecadores –lo que significa que, inevitablemente, trataremos injustamente a los demás y seremos tratados injustamente nosotros mismos. Como resultado, la vida muy rápidamente se puede convertir en una red de demandas y contrademandas airadas del uno con el otro, muchas de ellas justas y la mayoría de ellas irresoluble.

La única manera de poder salir de esta maraña es perdonar. El perdón es un acto de libertad; crea nuevas posibilidades; nos libera de la carga de nuestro propio egoísmo herido, y libera al otro para perdonar y así liberarse. Entregando nuestros reclamos a Dios nos quita un enorme peso – un peso que nos paralizará si lo cargamos por mucho tiempo, no importa cuán legítimas sean nuestras quejas.

Siempre trabajamos más eficazmente por la justicia en nombre de los demás. Cuando se trata de nuestra propia situación personal, el ego siempre se interpone en el camino y nubla nuestro juicio. La gran paradoja del plan de Dios es que sólo logramos la justicia mediante la práctica de la piedad. La piedad cambia tanto al que da como al que recibe; ablanda el corazón endurecido.  Por eso la Escritura tan a menudo compara la piedad con el agua en el desierto: trae nueva vida.  Alienta a conversión y amor, que engendran actos de justicia, que construyen paz. Así que si quiere justicia para usted mismo y para los demás, perdone. Anteponga la piedad; la justicia seguirá.

 

¿Por qué necesito enjuiciarme en preparación para la Pascua? ¿No es la Pascua la temporada de una nueva vida? ¿Dónde está la alegría de usar la cuaresma como fiscal en mi propio juicio?

 

Nosotros mismos nos debemos exactamente la misma piedad que debemos a los demás.  Denigrarnos no es el punto de la cuaresma; es purificar nuestros corazones. La cuaresma es el tiempo en que aprendemos el lenguaje del arrepentimiento y el perdón disciplinando nuestra mente, nuestro espíritu y nuestros apetitos, para que nada nos impida oír la voz de Dios y lo busquemos. La alegría en la cuaresma viene de nuestra confianza en la resurrección de un Salvador que nos librará del pecado y nos restaurará a la vida.

Por supuesto, a menos que entendamos nuestra propia pecaminosidad, a menos que entendamos la urgencia del arrepentimiento y la reconciliación, la Cruz no tiene ningún sentido; la Resurrección no tiene ningún sentido. El gozo de la Pascua es la alegría de la liberación y la nueva vida. Si no creemos en nuestro ser que necesitamos desesperadamente estas cosas, la Pascua es sólo otra excusa para salir de compras, y el sacramento de la penitencia y nuestro ayuno y limosna, son una pérdida de tiempo.

Pero en el silencio de nuestros corazones, si somos honestos, sabemos que sentimos hambre por algo más que nuestro propio egoísmo y errores. Fuimos hechos para la gloria, y estamos vacíos de esa gloria hasta que Dios nos llene con su presencia. Todas las cosas son hechas nuevas en la victoria de Jesucristo –incluso los pecadores como usted y yo. La sangre de la Cruz lava la muerte; nos purifica como recipientes para la nueva vida de Dios. La Resurrección nos llena de la vida misma de Dios.

La cuaresma es una oportunidad de gracia no una carga. Que usemos estas semanas de cuaresma de este año para limpiar y preparar nuestros corazones para que podamos recibir a Cristo esta Pascua, y compartir su vida a lo largo del 2014.