Arzobispo Charles J. Chaput

A principios de esta semana, tuve el placer de hacer público el tema del papa Francisco para el Encuentro Mundial de las Familias el año próximo en Filadelfia: El amor es nuestra misión: La familia plenamente viva.  El tema fue inspirado por las palabras de san Ireneo, Padre de la Iglesia primitiva, quien dijo que «la gloria de Dios es el hombre plenamente vivo».  De igual manera, la gloria de los hombres y mujeres es su capacidad de amar como Dios ama; y raramente puede ese amor ser vivido más íntima y fructuosamente que en la familia.

Al nosotros comenzar el «trabajo pesado» para prepararnos para el Encuentro Mundial de las Familias y una posible visita papal, es un buen momento para hacer una pausa y reflexionar.

Cada momento de cada día, una madre y un padre están enseñando y guiando el uno al otro y a sus hijos, mientras dan testimonio de su amor al mundo más allá de su hogar.  La estructura del matrimonio —vivida fielmente— naturalmente orienta al hombre y a la mujer hacia fuera hacia el mundo, así como hacia el interior hacia el uno al otro y a sus hijos.  Como san Agustín dijo una vez: «Ser fiel en las cosas pequeñas es una gran cosa». Simplemente por vivir su vocación, marido y mujer se convierten en la célula viva más importante de la sociedad. El matrimonio es el fundamento y garantía de la familia; y la familia es el fundamento y garantía de la sociedad.

Es dentro de la comunidad íntima de la familia que un hijo sabe que es amado y tiene valor.  Observando a sus padres, una hija primero aprende valores fundamentales como la lealtad, la honestidad y la desinteresada preocupación por los demás, que construyen el carácter de la sociedad en general. La verdad es siempre más persuasiva, no cuando leemos acerca de ella en un libro o aprendemos acerca de ella en un aula, sino cuando la vemos encarnada en las acciones de nuestros padres.

El matrimonio y la familia salvaguardan nuestro sentido más básico de comunidad, porque dentro de la familia, el niño crece en una red de firmemente conectados derechos y responsabilidades hacia otras personas. También protege nuestra identidad individual, porque rodea al niño con un manto de privacidad y devoción personal. La mayoría de las leyes con respecto al matrimonio en nuestra cultura fueron desarrolladas originalmente precisamente para proteger a miembros de la familia del egoísmo y la falta de amor tan común en la sociedad en general. La familia es el santuario más importante de la persona humana para guardarse de modelos equivocados del amor, nociones equivocadas de las relaciones sexuales e ideas destructivas acerca de la autorrealización. Todas estas cosas dolorosas, descontroladas, pueden ser una fuerza centrífuga que separa a las familias.

El amor es una fuerza en contra; el amor es el pegamento tanto para la familia como para la sociedad; es por esto que el amor es la misión fundamental de la familia; es por esto que la familia debe ser un santuario de amor. Más fácilmente entendemos el amor cuando nosotros mismos, somos el fruto de la ternura de nuestros padres; creemos más fácilmente en la fidelidad cuando la vemos modelada por nuestro padre y nuestra madre. El amor vivido generosamente es el argumento irrefutable para Dios —y también para la dignidad del corazón humano. Y el matrimonio es transformado y cumplido cuando los cónyuges cooperan con Dios en la creación de una nueva vida. Marido y mujer se completan compartiendo en el don procreador de Dios de vida para sus hijos, que son nuevas e imágenes únicas de Dios.

En mis años como sacerdote y obispo, he visto una y otra vez que el corazón humano está hecho para la verdad. Las personas tienen hambre de la verdad; y la elegirán, si es presentada claramente y con convicción. Ahí radica la necesidad de que todos los matrimonios cristianos se comprometan a predicar con el ejemplo. El marido y mujer que modelen un amor por Cristo Jesús dentro de su familia —que oren y rinden culto junto con sus hijos y leen las Escrituras— se convierten en un faro para otras parejas. También adquieren más fácilmente un celo proyectado para difundir el Evangelio a los demás conscientemente, enseñando la fe y haciendo buenas obras apostólicas.

Nuestro Dios es el Dios de vida, abundancia, liberación y alegría. Y nosotros somos sus misioneros por naturaleza y por mandato. En un mundo desarrollado cada vez más indiferente u hostil a Dios, ninguna familia católica puede permitirse ser tibia acerca de la Iglesia. Ninguna cultura es tan tradicionalmente «cristiana» que ya ha oído lo suficiente acerca de Jesucristo, o  protegida de la incredulidad y desprecio por la dignidad humana que marcan nuestra época.

Las familias católicas tienen un papel clave en la sanación de Dios de un mundo fragmentado.  Así que vamos a rezar el uno por el otro —comenzando ahora— para que el Encuentro Mundial de las Familias 2015 sea para cada uno de nosotros y de Filadelfia un nuevo Pentecostés; un nuevo nacimiento de la Iglesia en cada uno de nuestros corazones… por nuestra salvación, la salvación de nuestras familias y la redención del mundo.