Archbishop Charles J. Chaput

En su gran encíclica Populorum Progressio, el papa Paul VI describió la «familia natural» –la unión permanente de un hombre y una mujer– como la clave para el desarrollo humano real y la base de toda comunidad humana. Cada barrio, ciudad y país empieza con la familia; es la semilla de la cual todas las comunidades más grandes crecen.

Uno de los argumentos de la Iglesia en pro de la familia natural es que necesitamos la familia para crear el tipo de mundo en el cual todos queremos vivir. Todos queremos un mundo donde las relaciones entre las personas son más que comerciales o contractuales; un mundo de solidaridad y de caridad. Queremos un mundo de personas que libremente se unen y viven juntas, en apoyo mutuo alrededor de objetivos y creencias compartidos. En otras palabras, queremos un mundo de comunidades reales. Y por lo tanto, si lo sabemos o no, queremos un mundo de familias fuertes, independientes, naturales.

La familia bien vivida, es la fuerza más noble de la historia. En su exhortación apostólica Familiaris Consortio, san Juan Pablo II señaló que de la familia «nacen los ciudadanos, y estos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma». La dignidad de la persona humana es lo que pretende avanzar toda enseñanza social católica. Aprendemos esto primero y más fructuosamente en la «escuela del amor» que conocemos como la familia.

Así que la Iglesia defiende la familia no sólo para su propio bien, sino por el bien del mundo.

Esto tiene implicaciones. Las familias crean el futuro. Pero no lo hacen con magia; lo hacen  siendo receptivas a una nueva vida; lo hacen teniendo hijos. Los niños son la clave para la supervivencia de una cultura, no sólo en términos de esperanza, energía, creatividad e imaginación, sino también económicamente en términos de pago para los ancianos. El otoño pasado China anunció cambios en su famosa política de un niño por familia. Y la razón de los cambios –lamentable pero reveladoramente– no tuvo nada que ver con los derechos humanos o la compasión. La población de China está envejeciendo rápidamente y muy pocos jóvenes están entrando en la fuerza de trabajo para sostener el creciente número de personas mayores. Es así de simple.

Una población se reemplaza con una tasa de fecundidad de alrededor de 2.1 hijos por mujer. La tasa de fertilidad promedio de la Unión Europea es ahora aproximadamente 1.6; la tasa de fertilidad de Estados Unidos es aproximadamente 1.9, pero eso es engañosamente alto y disfrazado por la inmigración; la tasa de fecundidad de China es de 1.55.

El punto es éste. Las sociedades que desaniman a tener niños y socavan la integridad de la familia activamente eligen no tener futuro. Tal vez no es ésa su intención, pero ésa es la lógica de sus decisiones. El mundo continuará; la vida continúa, pero no incluirá culturas que ya están muertas en su espíritu. Si la idea de desarrollo humano de nuestro país implica la exportación del aborto, la anticoncepción y una versión confusa del matrimonio y la familia –y muy a menudo, por desgracia, lo hace– entonces es correcto y sensato que el mundo en desarrollo nos rechace.

¿Qué podemos hacer sobre eso? Sanar nuestras familias y cultura son tareas mucho más allá de la capacidad de cualquiera de nosotros como individuos. Pero no somos en lo absoluto impotentes. Podemos vivir nuestra fe cristiana con valor y convicción como un testimonio en contra de los tiempos. Podemos elegir vida sobre esterilidad en nuestras propias familias; podemos tocar otras vidas con nuestra voluntad de confiar en Dios y amar a la gente que nos rodea.

Y lo menos que podemos hacer es hablar y escribir la verdad. Porque la verdad, como Jesús mismo dijo una vez, hace a la gente libre. Y la verdadera libertad, viva en los corazones de los verdaderos discípulos, tiene el poder de renovar el mundo. Ya sucedió una vez; es posible que suceda de nuevo, comenzando con nuestras propias familias. Pero eso depende de nosotros.