Archbishop Charles J. Chaput

Este año el domingo 8 de junio conmemoramos la gran fiesta de Pentecostés, y es un buen momento para examinar el lenguaje que usamos para describir a Dios. Jesús era un hombre, y llamó Dios a su padre. Es cómo los cristianos piensan en Dios, principalmente en términos  masculinos. Dios es nuestro padre; Jesús es su hijo, el nuevo Adán; el rey, profeta, sacerdote y novio; todos estos son términos masculinos.

San Pablo nos dice que todos nosotros, tanto hombres como mujeres, llegamos a ser hijos en el Hijo, a través del bautismo. Por supuesto, Dios no es literalmente masculino; pero el lenguaje del género es parte de la manera en que Dios nos revela su identidad… y nos revela nuestras propias identidades.

Pablo también nos dice que Jesús es el novio, y la Iglesia es su novia. Esto significa que todos nosotros, tanto hombres como mujeres, somos la esposa de Cristo. La Iglesia no es un «eso»;  la Iglesia es «ella»; la Iglesia es femenina. Por eso María es tan importante para la comprensión católica del mundo. María es el primer cristiano, el modelo perfecto de la Iglesia y el modelo perfecto para cada uno de nosotros como discípulos individuales. Estamos todos llamados a ser María. Y eso es tan difícil aceptar para algunos hombres como lo es para algunas mujeres llamar a Dios «él».

Aquí está el punto. ¿Qué hizo María? Ella dijo «Sí» al Espíritu Santo. Y en ese sí, Dios la llenó con nueva vida. La Iglesia primitiva llamaba a María theotokos, que en griego significa «la que da a luz a Dios». Como una criatura, ella permitió a su Creador actuar en ella y lograr grandes cosas a través de ella. En dar a luz al hijo de Dios, María dio nueva vida a todo el mundo. Estamos llamados a seguir su ejemplo, cada uno de nosotros en su propia manera.

Simplemente escuchar el Evangelio no es suficiente; simplemente hablar de nuestra fe no es suficiente; necesitamos hacer algo al respecto. Cada uno de nosotros, de manera personal, debe ser una especie de theotokos, uno que da a luz a Dios. La semilla de la fe debe dar sus frutos en una vida de acción cristiana, una vida de testimonio cristiano personal, o es solo palabras –y hablar es barato.

Es por eso que cada celebración de Pentecostés es tan importante. Pentecostés es el cumpleaños de la Iglesia. Pentecostés es nuestro cumpleaños como pueblo creyente. La Iglesia, como María, se trata de nueva vida. El Espíritu Santo llenó a María de nueva vida en la Anunciación, y María dio a luz a Jesús; el Espíritu Santo llena a los apóstoles con nueva vida en Pentecostés, y ellos inmediatamente dieron a luz una nueva era a través de su predicación y ejemplo.

Dios es un Dios de abundancia, no de esterilidad; de confianza, no de temor. Dios incansablemente crea nueva vida a través de cada uno de nosotros, si se lo permitimos. Estamos destinados a ser fértiles; estamos destinados a llevar a los demás a una nueva vida en Jesucristo. «Los Hechos en el testimonio de nuestras propias vidas.

En otras palabras, la fe debe animar todo lo que hacemos. Debe dar sus frutos cada día en belleza y nueva vida. Cuando Jesús nos dijo, «Vayan, pues y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt. 28: 19), no sólo nos dio un mandato misionero para evangelizar el mundo, sino que también nos dio el motivo para tener confianza en el logro. Lo último que dijo a los apóstoles antes de regresar a su Padre en el cielo fue: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia» (Mt 28: 20). En este verso simple está la clave para toda la vida de la Iglesia.

Pentecostés no es sólo el cumpleaños de la Iglesia; es también el día de la fiesta del Espíritu Santo, quien encendió con celo a los apóstoles en la habitación superior… quien abrió las mentes en la multitud de personas que le oyeron predicar por primera vez… y quien ha guiado y renovado la vida de la Iglesia desde hace 2.000 años. El Espíritu Santo nunca ha dejado de mantener la misión de la Iglesia. Y así como fortaleció y alentó a los primeros apóstoles, así también fortalecerá y alentará a cada uno de nosotros, si le dejamos.

Comenzamos a comprender nuestra vocación como cristianos cuando reconocemos que solo Dios es el «Señor y dador de vida», y nosotros somos sus criaturas. Nos convertimos en lo que realmente somos —experimentamos la realidad más vívidamente— cuando permitimos que el Espíritu Santo nos transforme y trabaje a través de nosotros para renovar la faz de la tierra. Cada uno de nosotros está llamado a compartir el poder creativo de Dios para dar vida. Ese es el significado de la oración que todos aprendimos cuando éramos niños:

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en nosotros el fuego de tu amor.  envía tu Espíritu, y seremos creado, y renovaras la faz de la tierra.

Que Dios nos conceda la humildad, alegría y generosidad para ser los discípulos que él nos invita a ser.