Archbishop Charles J. Chaput

Una semana después de llegar a Filadelfia en el 2011, recibí un mensaje electrónico de un estudiante muy persuasivo, invitándome a hablar en su escuela –la Universidad de Pensilvania.  Le dije que sí, y me alegro que lo hice. Fue mi primera experiencia en las excelentes universidades y colegios de nuestra ciudad, desde Villanueva y San José, a Neumann, La Salle, la Sagrada Familia, Inmaculada y otras muchas.

Penn (Pensilvania), por supuesto, es secular y Ivy League (Liga de la Hiedra). Y eso hizo que mi tiempo con los estudiantes allí fuera excepcionalmente interesante. Asistir a una universidad católica puede o no puede resultar en una vida más profunda de la fe; pero además de proporcionar una buena educación, el ambiente del campus generalmente se inclina hacia el respeto a la fe cristiana. En las principales instituciones seculares –tan a menudo vistas como el semillero de la clase que está al mando de Estados Unidos—no existe ese amistoso sesgo. En las escuelas como Harvard, Yale y Penn, los estudiantes católicos que valoran su fe necesitan elegirla, cultivarla y alimentarla por mentores adultos que se destacan no sólo como hombres y mujeres de fe, sino también como estudiosos de excepcional habilidad profesional.

En mis observaciones a los estudiantes de Penn yo señalé:

«La Universidad de Pensilvania es una de las principales universidades de investigación de nuestro país. Es un gran don a la comunidad de Filadelfia. También es un gran privilegio para todos ustedes como estudiantes, especialmente aquellos especializados en las ciencias. La ciencia y la tecnología han ampliado los horizontes humanos y han mejorado la vida humana en aspectos vitales durante el último siglo; a veces, también, han hecho lo contrario.   

Parte de una buena educación es aprender la habilidad del escepticismo apropiado; y ese escepticismo, ese recelo saludable, debe aplicarse incluso a los métodos y las afirmaciones de la ciencia y la tecnología. Cuando un erudito distinguido y completamente secular como Neil Postman escribe que “el crecimiento descontrolado de la tecnología destruye las fuentes vitales de nuestra humanidad. Eso crea una cultura sin una base moral. Eso mina ciertos procesos mentales y relaciones sociales que hacen que la vida humana valga la pena vivirla”  entonces tenemos que estar preocupados». 

La tarea de preservar y enriquecer «las fuentes vitales de nuestra humanidad» llega al centro de la misión cristiana. La tradición católica –con sus siglos de extraordinarios estudios, arte, música, arquitectura y ciencias –es una canción de alabanza a Dios que nos hizo. En la tradición católica, perseguimos el conocimiento con el fin de estar libres de nuestra propia ignorancia y orgullo; aprendemos sobre el mundo para experimentar la belleza de la creación de Dios y la nobleza de nuestra propia humanidad. Y eso me lleva al punto de la columna de esta semana.

Penn en el 2011 fue una notable universidad con destacados estudiantes, profesores y estándares de excelencia. Penn en el 2014 es igualmente notable, con un agregado importante y muy positivo. A principios de este mes, el Collegium Institute for Catholics Thought and Culture (Instituto de pensamiento y cultura católicos) en Penn, concluyó su año inaugural. Iniciado la primavera pasada por los antiguos alumnos católicos de Penn, profesores y amigos, el Collegium Institute es una fundación académica autónoma, independiente de la universidad y de la arquidiócesis, comprometida a la excelencia académica y a la tradición intelectual católica.

Modelado a grandes rasgos como el Lumen Christi Institute de la Universidad de Chicago pero exclusivo de Penn en su estructura y su misión, el Collegium Institute se describe en estas palabras:

«La tradición intelectual católica es un depósito de pensamiento profundo acerca de la síntesis del conocimiento. Al llevar esta tradición en conversación con la academia secular y fomentar un enfoque holístico a los estudios que trascienden los límites disciplinarios, el Collegium Institute asegura el fin unificador y verdaderamente liberal de la educación – esto es, la libertad en la verdad.»

El Collegium Institute es un ejemplo de la vocación católica laica vivida con inteligencia, respeto y confianza– en beneficio de los católicos, y también para el enriquecimiento de la academia y el público en general. Merece nuestro apoyo dentro de la comunidad católica y más allá.

Y necesitamos mucho más de lo mismo.

Para más información sobre el Collegium Institute for Catholic Thought and Culture, visite collegiuminstitute.org. Información sobre el seminario más reciente del Collegium Institute centrándose en el texto del papa Francisco, «La alegría del Evangelio», puede encontrarse en http://collegiuminstitute.org/2014/05/this-friday-joy-of-the-gospel/.