Moises Sandoval

Moises Sandoval

A principios de los 1980, la histórica Iglesia de los Santos Apóstoles, desde 1848 en el barrio de Chelsea en Nueva York, estaba desapareciendo. Tenía unos 125 feligreses y apenas tenía dinero. No tenían $500.000 para arreglar el techo que estaba en riesgo de caerse. Pero en vez de preocuparse, el pastor Rand Frew propuso empezar un comedor de beneficencia.

Los feligreses aprobaron el proyecto. Según el escritor Ian Frazier de la revista New Yorker, contó en un artículo titulado “Hambre de la mente: cuentos de un comedor de beneficencia en Chelsea”, el consenso fue que si la iglesia iba a cerrar de todo modos, debería hacer algo bueno antes de cerrar.

Esa es una buena filosofía para todos nosotros jóvenes o ancianos. Como la liturgia del miércoles de ceniza nos advierte cada año, no vamos a vivir para siempre. La vida es corta. Recientemente, un amigo de uno de nuestros hijos murió de repente, y nos hizo pensar sobre nuestra mortalidad.

Hacer lo bueno trae beneficios inesperados. La Iglesia de Los Santos Apóstoles, parte de la Diócesis Episcopal de Nueva York, descubrió que el pueblo estaba más dispuesto a donar a una iglesia histórica con un eficiente comedor de beneficencia que a una iglesia cayéndose y con pocos feligreses. El proyecto del comedor siguió adelante y la iglesia pudo conseguir un préstamo para reparar el techo.

El pastor Frew encontró $50.000 en donaciones en forma de alimento, un jefe de cocina, abastecimientos, y voluntarios. En su primer día, el 22 de Octubre de 1982, sirvió a 35 desamparados en la Casa de Misión. A mediados de los 1980, novecientos y más venían al almuerzo cada día. Actualmente, un promedio de 1.200 reciben almuerzo a un costo de $10.000 cada día y $2.7 millones cada año. En sus 33 años, el comedor ha servido un millón de comidas.

La historia de la Iglesia de Los Santos Apóstoles y su comedor, detallada por Frazier en 2008, ha sido una lección de arriesgarse para hacer algo bueno, de utilizar sabiamente los talentos que Dios ha dado y de servicio voluntario desinteresado pero también de no permitir que la adversidad nos derrote.

Cuando un incendio resultó en $8 millones de daño, la iglesia reconstruyó con dinero que recibió del seguro y extendió el servicio del comedor hasta al santuario, reemplazando los banquillos con mesas y sillas para acomodar mejor a los huéspedes. Las mesas se almacenan durante los fines de semana cuando servicios religiosos se celebran en el santuario.

Para alimentar la mente de los desamparados, Frazier y otros voluntarios lanzaron un taller de escritura. “De algún modo, la escritura, aunque sean unos pocos renglones, facilita que la persona que lo hace se sienta más sólida y real”, dijo Frazier. En 2004, Susan Shapiro, una de las maestras, editó con la Reverenda Elizabeth Maxwell, rectora asociada de Santos Apóstoles, una antología de las escrituras. Las ganancias se repartieron entre los autores, algunos quienes fueron entrevistados en programas nacionales de televisión y radio.

“Mucha gente en las calles de Nueva York tiene hambre”, escribió Frazier. “Cada año, el hambre en la ciudad aumenta. La Coalición de Nueva York contra el Hambre calcula que 1.3 millones de neoyorquinos, uno de cada seis habitantes, no siempre pueden comprar suficiente comida para sí mismos y sus familias”.

Cuando Frazier preguntó sobre la inspiración religiosa del comedor, la Reverenda Elizabeth Maxwell respondió: “Hacemos esto porque Jesús nos dijo que alimentáramos al hambriento. No es más que eso. Jesús nos dijo que cuidáramos a los pobres y los hambrientos y a los presos … Lo encontramos, sin nombre y desconocidos, entre los huéspedes que vienen al comedor diariamente”.