Moises Sandoval

Moises Sandoval

“Es casi como viviendo — no exactamente con temor — pero con la pena qué será el próximo paso y de que va a pasar. Es el sentido de no tener bienvenida en el país. Jamás había sentido eso hasta ahora”.

Así dijo Shub Jain, un ingeniero de software de 26 años de la India quien se graduó de la Universidad de California en San Diego y ahora trabaja en Silicon Valley en una nueva empresa que provee servicios humanos para pequeños negocios.

Pero la preocupación de Jain no se compara con el temor que aprieta a los indocumentados de piel color café. Jain ha estado trabajando con una visa extendida a universitarios y ha participado sin éxito en la lotería para una visa H-1B para los técnicos más capaces, quien actualmente enumeran 85,000 en los Estados Unidos. La gran mayoría son de la India y China.

Este es el último año que puede participar en la lotería. Si no consigue visa no puede vivir en este país más.

Los millones de indocumentados no tienen ninguna visa salvo el mando de Dios en las Escrituras que exige bienvenida para el inmigrante. La gran mayoría han tenido que abandonar sus países no por ambición sino por hambre, y la amenaza del crimen y violencia de regímenes históricamente apoyados por las pólizas hegemónicas de Estados Unidos.

Para estos, la crucifixión apenas empieza. El programa de noticias PBS Newshour recientemente reportó sobre la suerte de algunos de los deportados.

Una viñeta imborrable fue de un hombre de unos 50 años, desterrado después de trabajar en Estados Unidos por décadas y ahora sin hogar en México obligado a dormir en un cementerio entre las tumbas con un pequeño sarape. Su ofensa fue al máximo un delito menor, pero una nueva póliza hace a todos los indocumentados sujetos a deportación.

Nos da pena por esta gente, pero su temor se extiende a ciudadanos. Un mexicoamericano, ciudadano de Estados Unidos, recientemente comentó que lleva su pasaporte por dondequiera. Agentes de inmigración han sido capacitados a detener a cualquier persona quien ellos sospechen de ser ilegales.

Si la piel café es suficiente justificación, todos somos sospechosos, hasta una persona como yo, cuyos antepasados llegaron a tierras ahora en Estados Unidos más de 300 años atrás. A mí también se me ha ocurrido que quizás he de llevar mi pasaporte cuando viaje dentro de mi país.

Aún, el miedo es más extenso. Lo palpamos en los 20 millones de ciudadanos quienes, después de lograr el seguro médico por primera vez con Ley de Cuidado de la Salud Asequibles (Affordable Care Act), pueden perder acceso si ahora se rechaza. También el temor de guerra nuclear ha aumentado vertiginosamente.

La otra semana mientras celebrábamos la resurrección de Cristo, recibí un texto telefónico de mi hermana en Colorado diciendo que parecía que tal guerra estaba al punto de empezar en la península coreana. El jefe de Corea del Norte amenazaba utilizar armas nucleares si Estados Unidos atacaba.

El presidente en turno anunció que una “armada” naval, encabezada por el portaaviones estadounidense USS Carl Vinson, se dirigía a la costa coreana, y nuestro vicepresidente, consultando con Corea del Sur, declaró que todas las opciones estaban “sobre la mesa”.

Al prender la televisión vi un panorama de buques de guerra, ostensiblemente rumbo a Corea. Sentí la pena de que, en vez de marchas sobre al asunto de los impuestos federales en 150 ciudades, debiéramos marchar para evitar una catástrofe nuclear.

Resultó que la armada cruzaba al rumbo de Australia, pero eso suscito otra pena. La verdad ha llegado a ser víctima. Vivimos en un tiempo de datos alternativos, realidades distintas, desplegadas convenientemente por motivos políticos. Pronto no sabremos a quien o que creer.

Quizás la oración es nuestra única opción.