Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

«La reciente promesa del presidente del Comité Nacional Demócrata (DNC por sus siglas en inglés) de apoyar sólo a los candidatos que adoptan la radical licencia de aborto sin restricciones es muy preocupante. La plataforma del partido demócrata ya aprueba el aborto a lo largo de los nueve meses del embarazo, incluso obligando a los contribuyentes a financiarlo; y ahora el DNC dice que ser un demócrata -de hecho ser un estadounidense- requiere apoyar esa agenda extrema.

La verdadera solidaridad con las mujeres embarazadas y sus hijos trasciende todas las líneas de partido. El aborto no empodera a las mujeres. De hecho, las mujeres merecen algo mejor que el aborto.

En nombre de la diversidad y la inclusión, los demócratas provida y ‘choice(elección)’, por igual, deberían desafiar su mando para que retracte esta posición intolerante.

— Cardenal Timothy Dolan, presidente del Comité de Actividades Provida de los obispos de Estados Unidos, 26 de abril

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Conmemoramos dos aniversarios olvidados en el 2017. Aquí está el primero.

Hace exactamente 50 años esta temporada de Pascua, el papa Pablo VI (ahora beato Pablo VI) emitió su gran encíclica Populorum Progressio («Sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos»). El texto se centra poderosamente en las cuestiones mundiales de justicia social y económica y en la necesidad de que las naciones ricas compartan generosamente con los pobres. Incluye la línea –que vale la pena recordar hoy– que «Nosotros no insistiremos nunca demasiado en el deber de hospitalidad –deber de solidaridad humana y de caridad cristiana…» (67).

Pero la idea de Pablo de «desarrollo» era mucho más grande que simplemente proporcionar más y mejores bienes materiales a los pobres, aunque esa tarea es vital. Como deja claro en Populorum Progressio, no hay progreso real sin un entendimiento correcto de la identidad espiritual del hombre. No hay un desarrollo real sin un respeto por toda la persona humana como una criatura de propósito moral.

El desarrollo real, para Pablo VI, exige una reverencia por la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. Esta es la razón por la que recordó a la Asamblea General de la ONU (1965) que «Vuestra tarea es hacer de modo que abunde el pan en la mesa de la humanidad y no… disminuir el número de convidados al banquete de la vida». Es por eso que rechazó enérgicamente el aborto –haciéndose eco de las palabras del Concilio Vaticano II– en su otra gran encíclica, Humanae vitae, sólo un año después de Populorum Progressio.

Para decirlo de otra manera: hay algo irracional, algo profundamente contradictorio, en (admirablemente) luchar por los derechos de los extranjeros recién llegados a nuestra nación mientras (erróneamente) permitir –e incluso sacralizar– el asesinato sistemático de un tipo diferente de extranjero: el niño en el vientre, el recién llegado a la vida misma. Ambos, el inmigrante o el refugiado y el niño por nacer son seres humanos, ambos tienen dignidad inviolable, y ambos exigen nuestra protección. La diferencia hoy es, no reconocemos ni aplaudimos el derecho de nadie a asesinar a un inmigrante.

A partir de mediados de abril, sin embargo, ese tipo de lógica está aparentemente ausente de la dirigencia nacional del partido demócrata. El Huffington Post observó el 21 de abril que el presidente del Comité Nacional Demócrata, Tom Pérez, «[se ha convertido en] el primer jefe del partido en exigir la pureza ideológica de los derechos de aborto, prometiendo… apoyar sólo a los candidatos democráticos que respaldan el derecho de la mujer a elegir».

Lo que nos lleva a un segundo aniversario.

En 1992, exactamente hace 25 años este mes de julio, al gobernador de Pensilvania, Bob Casey, un demócrata provida, le negaron la oportunidad de dirigirse a la Convención Nacional Demócrata que nominó a Bill Clinton y Al Gore. Casey afirmó que fue excluido por su oposición al aborto. El campamento de Clinton alegó lo contrario. Pero la historia del partido en las décadas desde entonces habla por sí misma.

Ahora es cada vez menos posible para cualquier candidato genuinamente provida que aspire a una posición nacional como demócrata. Las preocupaciones elocuentes del cardenal Dolan, señaladas anteriormente y expresadas esta semana, serán repetidas y amplificadas por muchos otros en el 2018, un año de elecciones. Los líderes del partido eligieron este curso libremente, y ellos se han ganado cualesquiera malas consecuencias que resulten de esas elecciones. No tienen a nadie a quien culpar. Entretanto, han colocado a funcionarios electos democráticos estatales y locales –muchos de los cuales son buenos y efectivos servidores públicos– en circunstancias innecesariamente difíciles.

Nada de esto absuelve a la actual Casa Blanca de sus propios feos puntos de vista, o al Partido Republicano de sus propias políticas crueles, o a nosotros como cristianos de nuestro deber de ayudar a las mujeres frente a las presiones de un embarazo no deseado y no planificado. Pero una clave de la simple decencia humana es ésta: No mate intencionalmente al inocente. Uno de nuestros partidos nacionales está ahora plenamente comprometido a tolerar, e incluso celebrar, el «derecho» a exactamente ese tipo de matanza.

Y ninguna cantidad de encubrimiento puede excusarla. ¡Ninguna!