Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

Siempre he amado las películas, y una de las películas más terroríficas en la historia reciente es 28 días después, estrenada en el 2002. La trama es simple. Activistas de derechos de los animales irrumpen en un laboratorio experimental de enfermedad en Gran Bretaña. Liberan un grupo de monos de pruebas de sus jaulas; ésa es la buena noticia.

La mala noticia es que los monos están infectados con un virus de la rabia, utilizado como arma, ferozmente transmisible. Los monos atacan a sus liberadores; los seres humanos inmediatamente se contagian con el virus; ellos se atacan mutuamente y a cualquiera que puedan agarrar. El virus se disemina geométricamente; se riega en la población como un fuego de gasolina. Un mes después, la civilización en el Reino Unido ha colapsado. Los pocos humanos sanos restantes luchan por sobrevivir y eluden a los infectados.

Si ese argumento suena vagamente similar al tono de nuestro discurso nacional en los últimos 10 meses, debe. Aún no nos estamos tratando de morder. Pero la furia irracional en nuestras escuelas, en las calles, en nuestros medios de comunicación y en los debates políticos y culturales nos lleva inevitablemente en esa dirección. Cuando ESPN se siente obligado a sacar a un comentarista asiático-americano llamado Robert Lee encargado de cubrir un juego de fútbol de la Universidad de Virginia por su propia seguridad y para evitar ofender a otros, estamos más allá del reino de lo extraño y lo surreal.

Es fácil, y justificado, culpar a la Casa Blanca por nuestra actual atmósfera tóxica nacional. El presidente Trump, con su desconcertante manera y falta de autocontrol, se ha ganado una porción sana de la culpa. Pero hay más que suficiente culpa –mucho más que suficiente – para repartir. «El odio no tiene hogar aquí» es un tema admirable para una de las campañas actuales más populares en los jardines; pero su mensaje simplemente no es verdad. El odio sí tiene hogar aquí; es bienvenido y muy bien alimentado en muchos de nuestros corazones, sin importar nuestras alianzas políticas;  y nuestro rechazo a admitirlo es parte del problema.

Cuando una organización como el Southern Poverty Law Center califica como «grupo de odio» a uno de los defensores principales de la libertad religiosa como los es el Alliance Defending Freedom (ADF, por sus siglas en inglés), simplemente está traicionando su propio amargo desdén por las personas y las convicciones que el ADF defiende. Así que, sí, el odio tiene una casa aquí de veras: no sólo entre los nacionalistas blancos, odiadores de los inmigrante y neo-Nazis, tan repugnantes como sus ideas son, sino también entre las élites «progresistas» y educadas que tienen el poder para protegerse de las consecuencias de sus propios delirios e intolerancias.

La razón por la que la Iglesia nombra la ira como uno de los siete pecados «mortales» es porque al mismo tiempo es tan venenosa, tan deliciosa y tan adictiva. La ira se convierte muy cómodamente en odio. En novela de C.S. Lewis, El gran divorcio: un sueño, los condenados se aferran celosamente a su ira (entre otros pecados) porque es tan reconfortante; tan satisfactoria y autojustificante. El punto es, la gente fácilmente comienza a gustarle el estar enojadas. La ira se siente bien, sobre todo cuando la fealdad del hábito se puede disfrazar como una lucha contra males reales o percibidos.

Los cristianos no son los primeros en notar esta terrible verdad. El gran filósofo estoico romano Séneca, en el primer siglo D.C., lo dijo de esta manera:

«[La ira] es la más sombría y desenfrenada de todas [las pasiones]. Las otras tienen sin duda algo de quietas y plácidas; pero ésta es toda agitación y desenfreno en el resentimiento, sed de guerra, de sangre, de suplicio, arrebatos de furores sobrehumanos, olvidándose de sí misma con tal de dañar a los demás, lanzándose en medio de las espadas, y ávida de venganzas que a su vez traen un vengador».

 La ira «está ávida de venganza» y es una especie de «locura breve» como Séneca dice en otra parte. Primero deforma y luego destruye a la persona y la cultura que la cultiva. Si eso es cierto –y claramente lo es– la América del 2017 necesita urgentemente curación. Somos una cultura adicta a la ira. Y sin descanso somos reforzados en esto por los medios de comunicación que compulsivamente alimentan nuestras emociones y debilitan nuestra razón.

Aquí está un pensamiento final de Séneca:

«La vida humana descansa en los beneficios y la concordia; y no el terror, sino el amor mutuo estrecha la alianza de los comunes auxilios».

Ésos son hermosas palabras y verdaderas. No están lejos de las más profundas verdades del Evangelio. Pero también son palabras vacías si no las vivimos. Eso exigirá de nosotros una santa desconfianza acerca de las cosas malas que escuchamos y vemos y asumimos de nuestros enemigos percibidos. Nuestros «enemigos» son personas como nosotros, sin importar sus ideas e identidades. Y tienen derecho a nuestra paciencia, moderación y respeto, sea cual sea el costo, así como nosotros tenemos el derecho de exigir lo mismo de ellos.

No es trabajo fácil, pero es necesario empezar por alguna parte. ¡Debe comenzar con nosotros!