Maria-Pia Negro Chin

En una conferencia de Steubenville hace poco tiempo, Emily Wilson, del movimiento católico de LifeTeen, le dijo a cientos de jóvenes que todos tenemos hambre y sed de más de lo que el mundo ofrece.

En ciertos momentos de nuestras vidas, nos damos cuenta de que nos falta algo, así que empezamos a buscar, indagar, a anhelar. Wilson habló de cómo, a menudo, buscamos soluciones para esta sed, tratando de saciarla con vanidad, posesiones materiales, estatus social, sexo y el deseo de ser amado, y otras cosas. Pero en realidad tenemos un “agujero en forma de Dios” en nuestros corazones, dijo.

Esto me hizo pensar en las famosas palabras de san Agustín: “Nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”.

Como muchos jóvenes, el santo se sentía fuera de lugar en el mundo y sabía que anhelaba algo más. Su deseo de escapar se intensificó a medida que crecía, pero “todo lo que consumía u observaba, o por como fuera que se entretuviera, no lo llenaba”, explica una página web agustiniana.

Este es un sentimiento con el que podemos identificarnos, pero la forma en que reaccionamos a él determina si encontramos satisfacción.

¿Cuántas veces su inquietud le ha llevado a distracciones fugaces que terminaron dejándole más vacío? En el fondo, sabemos que la emoción o felicidad pasajera no es suficiente.

A veces las “soluciones fáciles” y superficiales pueden incluso alejarnos de lo que realmente necesitamos. Estas podrían evitar que veamos los milagros de Dios alrededor de nosotros.

¿Tiene un corazón que desea algo más?

Podemos aprender mucho del corazón inquieto de san Agustín. Nuestra sed de más nos puede acercar a Dios, quien plantó la semilla de este anhelar por él. Si buscamos a Dios y estamos abiertos a dejarlo actuar en nuestras vidas, podemos encontrar lo que estamos buscando.

La buena noticia es que nuestra inquietud es una señal de que fuimos creados por Dios. Esta realización animó a san Agustín a vivir de una manera que profundizara su relación con Dios y lo condujera a la vida eterna.

Cuando intentamos esto, nos damos cuenta que Dios nos da el encuentro y nos ama donde estemos. Y Dios nos ayuda a llegar a donde necesitamos estar.

El año pasado, el papa Francisco dijo le a los jóvenes lo que él y otros líderes de la iglesia aprendieron a lo largo de sus vidas, que Dios “no desilusiona a nadie. Jesús te espera”.

Wilson terminó su charla con las palabras que san Juan Pablo II dijo durante la Jornada Mundial de la Juventud en el 2000:

“En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es él la belleza que tanto os atrae; es él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar.

“Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”.