Moises Sandoval

El Día del Padre a menudo pasa sin mucha fanfarria, ciertamente inferior al Día de la Madre. Quizás es porque las memorias de nuestros padres agitan emociones conflictivas, raspan las costras de heridas no curadas, visitan de nuevo antiguos mal entendimientos o resentimientos.

Así es que en lugar de celebración, nos reta a una meditación o retiro solitario cuyo fin al mínimo sería reconciliación o resignación y al máximo un nuevo aprecio de lo que nuestros padres, abuelos y antepasados contribuyeron a nuestra vida.

Yo me crié en un rancho pobre en las estribaciones del yermo de Pécos en el norte de Nuevo México. A la edad de cinco años ya era pastor de cabras. Si me distraía y las cabras invadían al huerto de maíz, recibía una paliza. También tenía que partir leña, ordeñar a las cabras y sacar agua de la noria para nuestra cocina.

Éramos una familia de siete hijos, destinados a aumentar a diez, y mi padre, ahora me doy cuenta, vivía con gran pena de producir suficiente para su familia durante la Gran Depresión de los 1930.

Nos obligaba a trabajar demasiado duro. A los nueve años yo, el mayor, le ayudaba a cortar pinabetes Ponderosa para hacer fulcros para las minas. Yo jalaba un lado de un serrucho y mi padre jalaba el otro. Un día cortamos 100 pinabetes en cuatro horas. Quedé tan agotado que temía desplomarme caminando hacia nuestra casa. Otra vez el serrucho me cortó una pierna y, por miedo de mi padre, no le avisé hasta que mi zapato se llenó de sangre.

No obstante, el rancho no producía suficiente para suplir a la familia y mi padre se veía obligado a dejarnos por meses para trabajar en Wyoming en la vía del ferrocarril. En esas ocasiones, porque inspiraba miedo y no amor, su despedida me alegraba.

Era demasiado exigente. Si no nos dedicábamos en la escuela, nos sacaba para trabajar en el rancho hasta quedar agotados. Nos decía, “Así es como van a pasar la vida si no estudian”. Cada noche, nos sentaba alrededor de la mesa en la cocina para leer o escribir bajo con la luz de una lámpara de queroseno. Igualmente, Papa y Mamá nos exigían aprender y vivir la fe.

Mi actitud hacia mi padre empezó a cambiar cuando tenía 11 años. Mi maestro le comunicó que, si yo asistía la escuela de verano en la Ciudad de Las Vegas, avanzaría un grado. Un día, otra vez cortando pinabetes, me dijo que él y Mamá querían que aprovechara esa oportunidad.

Eso me abrió un nuevo mundo. Porque las máquinas de escribir me fascinaban, Mamá me compro una que, aunque era juguete, se podía utilizar para escribir. Dos años después, me compraron una bicicleta, cumpliendo mi deseo más grande.

Al crecer, mis siete hermanos, dos hermanas y yo vimos a nuestro padre evolucionar de persona intimidante a una que podíamos comprender y admirar. Nos dimos cuenta de que todo lo que él y Mamá lanzaban era para nuestro beneficio.

Él había llegado sólo al quinto grado; ella se había graduado del grado ocho. Tenían fe que la educación nos podría sacar de la pobreza y sacrificaron todo para ese fin. Su sueño, gracias a Dios, se realizó; nueve de sus diez hijos graduaron de la universidad, cinco con títulos avanzados.

Mi padre también aprendió. Con la ayuda de uno de mis hermanos estableció un negocio en jardinería, y hacia el fin de su vida se dedicó a estudiar las Escrituras. Le encantaba discutir la Biblia con los Testigos de Jehovah, recibiéndolos con una Biblia en inglés y otra en español.