Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

El verano es un momento para una buena lectura, y nunca hay tiempo suficiente para leer cada texto bueno. De todos modos, a medida que los días del verano llegan a su fin, quiero recomendar calurosamente dos nuevos libros que son demasiado dignos para ser ignorados.

Algunas de las percepciones erróneas más comunes acerca del celibato sacerdotal son que es una deficiencia o una carga irreal; o que un sacerdocio casado resolvería de alguna manera el problema del abuso sexual del clero (no existe tal evidencia, y un sacerdocio casado tiene su propio conjunto de problemas serios). Pero es bastante cierto que el sacerdote que vive su celibato sin una base en su propio significado y espíritu será un hombre solitario e infeliz —y de poca utilidad para su pueblo

En su libro ¿Por qué celibato? Reclamando la paternidad del sacerdote (Emmaus Road Publishing; prólogo de Scott Hahn), el padre Carter Griffin hace un excelente trabajo al defender «la profunda renovación del sacerdocio célibe y la paternidad a la que se ordena». Todo ser humano tiene hambre de crear una nueva vida; los esposos y las esposas expresan eso en sus hijos. La fertilidad de una vida sacerdotal refleja y comparte la paternidad sobrenatural de Dios. Por lo tanto, los sacerdotes están llamados a ser verdaderos padres espirituales para su pueblo, transformándolos con nueva vida en Jesucristo. Sin ese sentido consciente y orientador de la paternidad, arraigado en la propia paternidad de Dios, la vida de un sacerdote se convierte en poco más que tareas administrativas y dispensación sacramental.

Griffin ha escrito un libro breve pero rico y elocuente sobre el valor del celibato. Como señala al concluir, la «elección no es si un sacerdote debe ser padre; la elección es qué clase de padre será. De su elección depende la felicidad de innumerables almas» –por eso este libro es de tanta importancia.

Mientras tanto, como nación, ya hemos comenzado otro amargo ciclo electoral. La política estadounidense rara vez parece más fracturada, nuestras divisiones son profundas, y no hay una solución rápida a los problemas en los que nos hemos envuelto; pero eso no nos autoriza como cristianos a desesperarnos o a volvernos cínicos. Cada una de nuestras vidas importa. Nuestros esfuerzos pueden marcar la diferencia. La renovación de nuestra cultura es posible. Y éste es exactamente el mensaje del excelente libro nuevo de Timothy Goegelein y Craig Osten, American Restoration: How Faith, Family, and Personal Sacrifice Can Heal Our Nation (Regnery Gateway).

Otros autores han cubierto terrenos similares, pero con demasiada frecuencia no tan persuasiva mente o bien. Lo que distingue a American Restoration es su combinación de lógica de sentido común, escritura elegantemente clara y un enfoque agudo en temas esenciales: los principios en los que Estados Unidos fue fundado, la libertad religiosa, la medicina y ética médica, el matrimonio y la familia, la educación, la virtud, la civilidad, la ciudadanía y el deber. Especialmente llamativo (y culturalmente atrasado, y muy bienvenido) es un capítulo sobre la restauración del concepto del caballero; formar a los varones jóvenes para que sean hombres cristianos gobernados por la prudencia, el valor y el espíritu de servicio y sacrificio es una de las necesidades más urgentes de nuestra confusa cultura. Bravo a Goegelein y Osten por abordarlo.

Finalmente, en mi propia lectura este verano, he estado revisitando el trabajo de Romano Guardini, uno de los grandes teólogos católicos del siglo pasado y una influencia clave en la formación de la mente de Jorge Bergoglio, ahora papa Francisco.

En los últimos días me ha llamado la atención un pasaje particular del capítulo del padre Guardini sobre «El Enemigo» en una de sus obras de más importancia, El Señor. «Hay momentos —escribió— cuando… los ángeles deben burlarse y reírse en el cielo por la estupidez en la que cae el poderoso, el culto, el intelectual cuando se vuelve ateo.» O si no ateo, ciego a la naturaleza del bien y del mal; ciego a la realidad del diablo.

¿Qué tiene que ver esto con el precio del pan?

Sólo esto: A principios de este mes se informó que el líder de una importante orden religiosa católica decía que Satanás «existe como una realidad simbólica, no como una realidad personal».  Es cierto que sus palabras pueden haber sido malinterpretadas o sacadas de contexto. Pero si es así, no es la primera vez; dijo casi lo mismo en el 2017.

Jesús, por supuesto, fue bastante explícito sobre el diablo como una realidad personal, habiendo tratado con él de primera mano, como señalan los Evangelios; también lo es el Catecismo de la Iglesia Católica; también el papa Francisco; y también lo fue Romano Guardini, quien escribió en El Señor:

«Satanás no es un principio, ni un poder elemental, sino una criatura rebelde y caída que intenta frenéticamente establecer un reino de apariencias y desorden».

Y de nuevo, Guardini, en La fe y el hombre moderno:

«Al leer atentamente el Nuevo Testamento, nos encontramos con una serie de pasajes en los que Jesús se refiere al Adversario de Dios y del hombre: Satanás. Habla de él como el enemigo de la luz y la bondad, o el autor de enfermedades físicas y mentales, o lo desafía a abrir el conflicto. Este hecho ha avergonzado mucho a los hombres contemporáneos, y ellos han intentado en la medida en que han tratado de aferrarse a Jesús de eliminar de su imagen mental toda idea de Satanás. Han evadido las palabras y los actos problemáticos, y han concentrado la atención en los aspectos “puramente espirituales-éticos” de la persona y del Evangelio de Jesús, o han dicho claramente que la creencia en Satanás pertenece a un modo primitivo de pensamiento, o a un tiempo decadente. [El residuo de esta creencia en Satanás que aparece en la palabras de] Jesús es simplemente una supervivencia de un pasado no totalmente sacudido.

Pero seamos perfectamente claros en este punto, porque el conocimiento de la existencia de seres espirituales, rebeldes hacia Dios y hostiles a los hombres, entre ellos su gobernante, Satanás, pertenece inextricablemente a la imagen de Jesús y a Su conciencia de Su misión. Sin esta conciencia, de hecho, no hay Jesús».

En una época de dificultades internas y externas para la Iglesia, sería útil —para decirlo amablemente— que el líder de una importante comunidad religiosa católica global evite crear confusión en asuntos de creencia fundamental; es una simple petición; no debería ser mucho pedir.