Hosffman Ospino

Venezuela es una nación profundamente católica. Cerca del 70% de los 27 millones de venezolanos se identifican como tal.

Los venezolanos sufren desesperadamente en este momento. La iglesia en este país sufre. Los niveles actuales de inestabilidad ponen en riesgo a la sociedad entera. Esto se ha hecho más grave debido a las políticas desastrosas de un régimen que en última instancia ha sido incapaz de crear condiciones para que todos los venezolanos vivan con dignidad.

El país parece estar al borde de una guerra civil. Episodios constantes de violencia, represión y violación de derechos humanos son pan de cada día. La pobreza extrema reina por todas partes. El hambre es una realidad.

En un comunicado emitido el 7 de febrero del 2019, los obispos católicos de los Estados Unidos afirmaron la gravedad de la situación: “La situación humanitaria es terrible. Casos de malnutrición y muertes causadas por enfermedades que se pueden tratar afectan a un número cada vez más grande de venezolanos.”

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No hay productos para que millones de venezolanos cubran las necesidades más básicas de la vida diaria. El acceso a la ayuda humanitaria con frecuencia se dificulta debido a las maniobras políticas que al final de cuentas terminan afectando negativamente a las personas más vulnerables.

Los obispos católicos de Venezuela han hablado proféticamente sobre las realidades que coartan el bien común y amenazan la dignidad humana de sus compatriotas venezolanos. Por años han avanzado un modelo de acompañamiento pastoral abiertamente político que no se restringe al momento de denunciar injusticias.

La Conferencia Episcopal Venezolana disemina muchos de sus comunicados por medio de Facebook.

En un mensaje de Cuaresma publicado el 2 de abril del 2019, por ejemplo, los obispos venezolanos de manera magistral hilaron referencias a la doctrina social de la iglesia y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Sin temor alguno, los obispos denunciaron en detalle crímenes de lesa humanidad perpetrados por el gobierno venezolano. Al hacer esto, y con fidelidad evangélica, asumen grandes riesgos.

Los obispos hicieron un llamado a las fuerzas armadas venezolanas desafiándoles a “sentirse parte de un pueblo al que hay que defender y servir, actuando de acuerdo a su propia conciencia.” Mensajes como este hacen eco a la audacia evangélica y a la voz profética de san Oscar Romero en momentos difíciles.

Recuerdo que cuando era niño muchas personas de Colombia, Ecuador, Perú, Brasil y otros países vecinos migraban hacia Venezuela buscando mejores oportunidades. Hoy sólo quedan las memorias de aquellos años cuando Venezuela encarnaba la esperanza de inmigrantes y familias consumidas por la pobreza.

Más de 3 millones de venezolanos han dejado su país en los últimos años. La mayoría van a los países más cercanos como refugiados o simplemente como inmigrantes. Lamentablemente no siempre son recibidos con los brazos abiertos.

Durante los últimos tres años, los venezolanos han sido el grupo más grande de personas solicitando asilo en los Estados Unidos. Sin embargo, las actuales políticas migratorias y de apoyo a refugiados en nuestro país no han sido de mucha ayuda. Solamente el año pasado se aprobaron menos de 30 mil visas para venezolanos. Los Estados Unidos deportan más venezolanos que los que recibe como refugiados.

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En los últimos 50 años, cientos de miles de católicos latinoamericanos han llegado a los Estados Unidos al encontrarse en circunstancias similares. Nuestras comunidades de fe católicas y muchos de nuestros líderes pastorales han hecho una gran labor dándole a bienvenida a Cristo en estas hermanas y hermanos.

Necesitamos hacerlo de nuevo a medida que más venezolanos hacen de los Estados Unidos su hogar y nuestras parroquias los lugares en donde celebran su fe. Mientras tanto, los católicos en los Estados Unidos tenemos la responsabilidad de manifestarnos en solidaridad con los católicos venezolanos.

¿Cómo? Apoyemos los esfuerzos de la Iglesia Católica en Venezuela, especialmente aquellos que llevan a denunciar injusticias y a ofrecer ayuda humanitaria. Aboguemos por políticas migratorias y de apoyo a refugiados que sean menos restrictivas. Integremos a los católicos venezolanos a nuestras comunidades.

Respaldemos o propongamos políticas desde los Estados Unidos que afirmen el bien común de los venezolanos y no se limiten simplemente a avanzar ideologías políticas o intereses económicos.

Por último, oremos por Venezuela. Este es un momento propicio para estar unidos en la oración como una sola iglesia intercediendo por quienes sufren.

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Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.