Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

Desde el día de la inauguración críticos de Donald Trump han marchado, amotinado, abusado verbalmente y en algunos casos agredido brutalmente a sus oponentes en una escala nunca antes vista.

Alguna de esa furia es comprensible.  Como he dicho repetidamente durante el otoño, las palabras y el comportamiento del señor Trump  durante la campaña presidencial, sobre la inmigración y otros temas, fueron profundamente inquietantes.  Pero en una de las ironías más oscuras de nuestra historia, el señor Trump se benefició de una candidata de oposición con su propio bagaje igualmente feo y descalificante, aunque diferente.

El señor Trump ahora es el Presidente Trump y, curiosamente, algunas de las más duras, continuadas furias dirigidas a él nada tienen que ver con su carácter personal.  Más bien, es estilo muy especial de intolerancia «progresista» hacia el enfoque que su administración puede tomar hacia una gama de problemas sociales, incluido el aborto.  Se trata de un desprecio visceral de los medios de comunicación y de la clase en liderazgo hacia personas como los cientos de miles de personas obstinadamente buenas que continúan marchando cada enero —pacíficamente, con respeto y alegría— en defensa del niño por nacer.  El contraste con sus críticos es una lección de lo que constituye, y no, un  testimonio público responsable.

Cuando la decisión de Roe V. Wade del Tribunal Supremo legalizó el aborto permisivo hace 44 años este mes, los partidarios del aborto argumentaron que el aborto era una triste necesidad.  Como tal, debía hacerse seguro, legal y raro.  Ahora se celebra como un sagrado derecho que exige la veneración de la cultura entera, incluyendo los millones de ciudadanos que ven este tipo de oficialmente bendecido homicidio como un acto gravemente malvado.

Uno de los signos más prometedores de la nueva administración es su aparente simpatía por algunas preocupaciones claves provida, desde la designación de jueces de la Corte Suprema al desfinanciamiento de Planned Parenthood, el mayor proveedor de aborto del país.

Por supuesto, ser «provida» implica mucho más que una defensa del niño por nacer, aunque sin duda debe comenzar allí.  Tal vez la mejor manera de ampliar y elevar la comprensión del presidente Trump de esa palabra «provida» sería que una principal universidad católica – digamos, por ejemplo, la Universidad de Notre Dame, lo invitara al campus para ofrecer su discurso de graduación, a explicar su evolución personal en el tema del aborto y compartir, escuchar y aprender con una muestra representativa de estudiantes y profesores en un diálogo respetuoso acerca del significado de la dignidad humana.

Notre Dame tiene orgullo de su tradición de dar la bienvenida al campus a los presidentes de EE.UU. de los dos partidos y con muy diferentes puntos de vista.  Bajo esa perspectiva, la invitación sin duda tendría sentido y podría ser fructífera de maneras imprevistas.  Dios escribe derecho con renglones torcidos.

Mientras tanto, el aborto continúa con nosotros.  Mientras miles de católicos y otras personas provida se reúnen en Washington el 27 de enero y caminan juntos en la anual Marcha por la Vida, el tiempo nunca ha sido mejor, ni la necesidad más urgente, para orar por nuestro país, para orar por el fin del aborto y para orar para la conversión en los corazones de nuestros líderes.

Cuarenta y cuatro años después de Roe, una reverencia por la santidad de la vida humana sigue ardiendo en el espíritu de demasiadas personas para ser ignorada.