Moises Sandoval

Noviembre comienza con las fiestas de todas las almas y todos los santos. Ambas se enfocan en la redención, la de los santos ya lograda y la de nosotros en proceso. Para redimirnos tenemos que participar en la redención de los demás.

Realicé esto al escuchar una presentación por un representante de la Orden de Malta, una organización Católica con larga historia de ayudar a los pobres. Solicitaban apoyo para la Iniciativa Malta por la Justicia, que busca reformar el sistema de justicia criminal en Connecticut.

Empieza con la meta de reducir costos, ayudar a los encarcelados y aumentar el bienestar público. Es un propósito que no gana votos para ningún politico.

Con 2.4 millones de encarcelados, los Estados Unidos tiene la más alta tasa de encarcelación en el mundo. Según algunas cifras, los EE.UU. tiene cinco por ciento de la población del mundo, pero 25 por ciento de todos los prisioneros alrededor del mundo están encarcelados en los Estados Unidos.

“Esta situación existe a pesar de que la incidencia de crimen en los EE.UU. no es materialmente diferente que de la de otros países”, declara un libro publicado por Malta titulado: “La Imperativa de Justicia, como hiper-encarcelación ha nulificado el sueño Americano”.

El enorme aumento de encarcelación que surgió en los 1990 fue consecuencia de la “guerra contra las drogas”. Cada 15 días se abría una nueva prisión en las zonas rurales del país. Connecticut, con casi 3.6 millones de habitantes, ahora tiene 15 prisiones, abarcando 16.600 presos.

Casi la mitad de esos encarcelados cometieron delitos no violentos, pero recibieron sentencias crueles e inhumanas. Un ejemplo: Danielle Metz se encontró embarazada a los 17 años y después se casó con un hombre abusivo que traficaba en drogas. Para apaciguarlo, a veces le ayudaba a conseguir cocaína y a colectar pago por drogas mandado por Western Union. Aunque ya lo había dejado, fue condenada con sentencia de vida. Hay muchos casos como el de Metz.

La lógica de encarcelar y tirar la llave todavía reina. Un editorial en el diario Hartford Courant dice que los republicanos están “aterrados” por un programa para ayudar a los encarcelados (que no han cometido crimenes violentos) salir de la cárcel más pronto. El programa se ve que está funcionando bien; los participantes sufren menos recaídas.

El costo de el sistema actual es insostenible y se necesitan cambios: menos prisiones; programas para los que cometen crímenes no violentos que no incluyen encarcelación, rehabilitación para convertir a los delincuentes en ciudadanos que obedecen la ley y pagan impuestos.

En Texas, un estado notorio por ser duro contra el crimen, una iniciativa liderada por demócratas y republicanos cerró tres prisiones, invirtió en programas de tratamiento, creo tribunales especiales para adjudicar delitos involucrando drogas y prostitución, aumentó libertad condicional, salvo billones de dólares y redujo la tasa de crimen. Michigan, Nueva York, Missouri, Delaware y Kentucky, entre otros estados, han visto resultados similares.

El senador tejano John Whitmire, un demócrata, declaró: “Debería haber un requisito diciendo que deberiamos de liberar a una persona mejor de la que recibimos”. Y el gobernador republicano Rick Perry dijo: “La idea de encarcelar la gente para siempre, sin darles el chance de redimirse no es de lo que Estados Unidos se trata”.

“Atrévanse a ser nobles”, urge la declaración de la mission de la orden de Malta. “Visiten a los encarcelados, afirmando su dignidad humana y atendiendo a sus necesidades espirituales; insistan en reformas; participen en agencias que ayudan a los encarcelados, den trabajo a los ex-delincuentes”.