Maria-Pia Negro Chin

Maria-Pia Negro Chin

El año pasado, vi a un grupo de jóvenes haciendo un ejercicio interesante. Unos cuantos adolescentes usaban sus chaquetas como vendas mientras su compañero del grupo guiaba su camino por el jardín de la iglesia de regreso a su sala de reuniones.

La idea era que algunos de los adolescentes aprendieran a guiar a otros, mientras que la otra mitad del grupo aprendía a confiar y aceptar la ayuda de sus compañeros. Al final este ejercicio demostró cómo aceptar la ayuda amorosa de Dios, incluso cuando no podemos ver el camino que debemos seguir, nos llevará a donde debemos ir.

Esto me recordó lo que Helen Alvare, profesora de derecho de la Universidad George Mason, había dicho durante su discurso en el Encuentro Mundial de Familias en Filadelfia realizado en septiembre de 2015. Ella dijo que, incluso cuando el “evangelio de mí” parece ser alentado en el mundo de hoy, “el camino de la felicidad, de la libertad es el camino del amor interdependiente”.

“Estamos hechos para abrirnos primero a Dios y luego a cada prójimo que, como el viajero herido en la buena historia Samaritana, encontramos a través de nuestro caminar”, dijo. “Realmente te encuentras a ti mismo cuando te pierdes en el amor de otras personas, empezando por la familia y extendiéndose al mundo”.

También enfatizó que los seres humanos necesitan primero ser receptores de amor para ser donadores de amor. Esto me recordó que nosotros aprendemos a apoyar a otros porque primero hemos recibido ayuda.

Sin embargo, a medida que crecemos, aceptar la ayuda de otros se vuelve aterrador porque requiere mostrar nuestras vulnerabilidades. Muchos de nosotros hemos sido criados creyendo que necesitamos resolver nuestros propios problemas, de lo contrario pareceremos débiles. Estamos felices de ayudar a otros, pero tenemos dificultades para pedir o aceptar ayuda.

Pero esto puede impedirnos madurar o, en algunos casos, obtener la ayuda que realmente necesitamos.

En una catequesis durante la Jornada Mundial de la Juventud 2016 en Polonia, el cardenal de Manila, Luis Antonio Tagle, habló sobre cómo en la cultura moderna el valor de uno mismo se mide por el éxito y parece que “el mayor pecado de nuestro tiempo es decir: ‘He fallado'”.

El cardenal filipino dijo a una multitud de 15.000 jóvenes peregrinos sobre la importancia de abrirnos a la misericordia, lo que significa aceptar cuando necesitamos ayuda.

Añadió que el ascenso del ser humano que es “self-made” o que sale adelante por si mismo, hace que sea más difícil para muchas personas a abrirse a otros, incluyendo a Dios. Esto se debe a la idea de que “si usted permite que otros le ayuden, que le guíen, usted no califica como exitoso”, dijo.

Al tratar de ser autónomo de un modo extremo, una persona puede confundir la aceptación de la ayuda con la pérdida de la dignidad. Pero, continuó, “esa persona no permitirá que nadie, ni siquiera Dios, toque su corazón porque eso sería un insulto”.

Los adolescentes del grupo de jóvenes recibieron una valiosa lección sobre su travesía espiritual a través de ese ejercicio: su dependencia de los demás y de Dios.

Al aceptar la ayuda, reconocemos que no podemos hacerlo solos. Que necesitamos que Dios nos guíe, que nos ayude cuando más lo necesitamos. Nos abrimos a recibir misericordia.

La ayuda divina viene a través de manos y corazones humanos. Aceptar la ayuda de otros es una manera de aceptar con gratitud la ayuda de Dios y de permitir que otros se conviertan en instrumentos de su misericordia.