Archbishop Charles Chaput, O.F.M. Cap.

El 2 de febrero de cada año se celebra la fiesta de La Presentación del Señor, del Evangelio de Lucas 2:22-40. Anteriormente conocido como la “Fiesta de la Purificación de María,” el día conmemora la visita de la Sagrada Familia al templo en Jerusalén para la purificación ritual de María de los 40 días del parto y la presentación de Jesús como hijo primogénito según el Torá.

El pasaje evangélico tiene un lugar especial en el corazón católico. En mi generación (de la post guerra) las madres a menudo llevaban privadamente a sus hijos recién nacidos a la iglesia, los colocaban en los escalones del altar y pedían la protección de Dios para sus hijos e hijas lactantes. Y con los años me he sorprendido por los muchos fieles católicos hombres y mujeres que he conocido — líderes de carácter y habilidad en la Iglesia y en el público en general — que hablan de ese mismo simple acto de piedad, en sus propias vidas, por una madre o un padre. Cada alma humana está hecha para el cielo, y el mayor acto de amor que los padres pueden dar a su recién nacido, más allá del bautismo mismo, es dedicar a su niño al servicio y la gracia de Dios.

Menciono esto por tres razones.

En primer lugar, esta semana es la Semana de las Escuelas Católicas. Es un momento para que todos nos sintamos orgullosos de la excelente educación ofrecida por las escuelas católicas parroquiales y de secundaria a través de nuestra Arquidiócesis. El modelo de escuela parroquial estadounidense comenzó en Filadelfia, y hoy en día nuestras escuelas continúan siendo ejemplo de lo mejor en educación católica — es decir, una formación de excelencia académica y moral para la mente y el alma.

La clave de esa excelencia es la dedicación de los miles de nuestros maestros, empleados, administradores, voluntarios y padres que ofrecen su servicio con gran sacrificio para ellos mismos por amor a los jóvenes a su cargo. Merecen nuestro apoyo y gratitud; con gran entusiasmo tienen el mío. Los niños son el futuro no sólo de nuestra nación sino también de nuestra fe.

Esto hace una genuina educación católica tan vital. Una escuela fielmente católica presenta los jóvenes al Señor y el Señor a los jóvenes, de una manera singularmente poderosa. Es por ello, que insto a cada familia católica a buscar una manera de colocar a sus hijos en una escuela católica. La Iglesia necesita su próxima generación de líderes fieles — y, ahora así como en el pasado, esos líderes provendrán abrumadoramente de las escuelas católicas.

Mi segunda razón es esta: incluso las mejores escuelas con el mejor personal y profesores no pueden cumplir con su misión si las aulas están vacías. Necesitamos más familias católicas; necesitamos más padres dispuestos a confiar en Dios y traer abundante nueva vida al mundo, sin importar el costo. El futuro pertenece a los fértiles, a los esperanzados, a aquellos que tienen el valor de confiar en que la vida es buena, que más es mejor, y que Dios nos guiará para resolver los problemas que el mundo presenta. Nada es más hermoso que los hábitos de dependencia mutua y apoyo aprendidos dentro de una familia grande y amorosa. La adicción a la infertilidad que domina gran parte de la cultura popular de hoy es un camino de una dirección hacia almas muertas y un
futuro vacío. Elegir contra una nueva vida nunca ha sido la forma católica, y si queremos un futuro
como Iglesia, tenemos que volver hacia darles la bienvenida a los niños que Dios envía.

Por último, mi tercera razón es esta. Cuando María y José presentaron a Jesús a los sacerdotes del templo, sabían que el niño sería recibido como una bendición y un don. Filadelfia ha sido siempre una Iglesia de bienvenida a los niños; pero en todo el país, no todas las comunidades parroquiales pueden decir lo mismo. Un amigo de otro estado me escribió las siguientes palabras recientemente, y son dignas de compartir aquí:

“Nuestros bancos se llenan de familias que necesitan una afirmación, no crítica por niños ruidosos en la iglesia. El Centro Nacional de Estadísticas para la Salud informó una tasa de fertilidad total del 2017 para nuestro país, que es 16 por ciento por debajo del nivel para que una población se reemplace. Ésta es la tasa de fecundidad más baja en los Estados Unidos desde 1978. Aparte de los efectos morales adversos que provienen de una tasa de natalidad en colapso, hay numerosas consecuencias sociales y económicas. El tamaño de la familia se asocia con el trabajo y crecimiento económico, que afecta los niveles nacionales y estatales.

“¿Por qué nosotros no escuchamos desde el púlpito más ánimo y agradecimiento a las familias jóvenes tratando de asistir a la iglesia a enseñar a sus hijos la fe desde el principio? Muchas de nuestras iglesias han eliminado sus cuartos de niños, y a los padres que traen a sus hijos a sus misas los hacen sentir avergonzados o incluso les piden que salgan si sus hijos lloran o hacen ruido. Consideren esto: muchos de nosotros rutinariamente rezamos la oración para las vocaciones por más sacerdotes y religiosos mientras que nunca — realmente — animamos a las familias a tener más hijos, o somos pacientes con los pocos que los tienen. Dar vida es el propósito del amor, sin embargo, nosotros como Iglesia, la Iglesia verdadera, a menudo no modelamos nuestras propias enseñanzas con nuestras acciones.”

Mi punto es este: nuestro Dios es el Dios de vida abundante; y los niños pequeños son un don de su
abundancia — no siempre uno conveniente; no siempre uno tranquilo; pero siempre uno hermoso y
bendecido. Algo que todos podemos recordar en la próxima misa ruidosa.